En la sala de juntas de la corporación, Juan está sentado. Hay una gran mesa redonda en el centro. La luz es brillante y las paredes son de cristal. El reloj en la pared marca las nueve de la mañana.
—Hoy es un día importante —dice el jefe, un hombre con traje gris y corbata roja. Su voz es fuerte, llena de autoridad.
Juan asiente. Siente una presión en el pecho. Esta reunión es crucial. Su mente está en otra parte.
—Juan, ¿tienes los informes del último trimestre? —pregunta el jefe, mirándolo con sus ojos penetrantes.
Juan busca en su carpeta. Sus manos tiemblan un poco. —Sí, aquí están —responde, tratando de sonar seguro.
Su teléfono vibra en el bolsillo. Un mensaje. Sus ojos se llenan de lágrimas. En la pantalla, una foto de su abuelo que falleció hace poco. Era el pilar de su vida.
El jefe continúa hablando sobre números y estrategias. Pero Juan solo piensa en su abuelo, recordando su sonrisa y sus consejos sabios.
—Juan, ¿estás listo para tomar la decisión? —pregunta el jefe de repente, interrumpiendo sus pensamientos.
Juan mira a sus colegas. Todos esperan su respuesta. Este momento es crucial para la empresa.
Respira hondo. En su mente, escucha la voz de su abuelo: «Toma decisiones con el corazón, pero también con la razón».
Con una nueva determinación, Juan se levanta. —Sí, estoy listo. Mi decisión es… —dice, con confianza en su voz.
Todos observan, atentos. Este es el momento. La sala de juntas está en silencio.
Finalmente, Juan toma la decisión que cambiará el rumbo de la empresa. Y aunque la pérdida de su abuelo pesa en su corazón, siente que su espíritu lo acompaña en cada paso.