En la escuela secundaria de San Juan, había un chico llamado Mario. Mario era un estudiante como cualquier otro, pero había algo que lo hacía diferente. Siempre estaba pensando en cosas profundas, como el significado de la vida y la muerte.
Un día, la maestra de biología, la señora Gómez, hizo una pregunta que dejó a Mario con más dudas que respuestas. "¿Qué es la mortalidad?" preguntó ella. La clase se quedó en silencio. Mario levantó la mano y dijo, "Es cuando algo deja de existir, ¿verdad?"
La señora Gómez sonrió y respondió, "Sí, Mario, es parte de eso. Pero también es lo que nos hace valorar la vida."
Después de clase, Mario se quedó pensando en esas palabras. Empezó a ver la vida como una batalla interna, un conflicto constante entre querer hacer todo y el miedo a no tener tiempo suficiente.
Unos días después, Mario tuvo un problema con un amigo importante, Juan. Juan había estado distanciado y Mario no sabía por qué. Decidió hablar con él. "Juan, ¿qué está pasando? ¿Por qué pareces tan distante?" preguntó Mario.
Juan miró a Mario y dijo, "Es que he estado pensando en cosas serias, como la vida y la muerte. Mi tío está muy enfermo, y eso me ha afectado."
Mario entendió a Juan. Ambos compartían ese pensamiento sobre la mortalidad. "Juan, entiendo por lo que estás pasando. Mi abuelo murió hace un año, y desde entonces siempre pienso en esas cosas también," dijo Mario.
Los dos amigos se dieron cuenta de que no estaban solos en su batalla interna. Decidieron apoyarse mutuamente. "Vamos a disfrutar cada momento, Mario. No sabemos cuánto tiempo tenemos, así que hay que vivir al máximo," dijo Juan.
Desde ese día, Mario y Juan comenzaron a disfrutar más de las pequeñas cosas. Jugaban al fútbol, hacían proyectos juntos y se reían mucho. La batalla interna de Mario no terminó, pero ahora tenía un aliado en su guerra personal contra el tiempo y la mortalidad.
Con el paso del tiempo, Mario comprendió que la vida es preciosa precisamente porque no es eterna. Esa comprensión lo hizo sentir más vivo que nunca.