En una pequeña aldea en lo alto de una montaña nevada, el invierno era frío y solitario. Los habitantes vivían aislados. Las noticias de la Primera Guerra Mundial llegaban pocas veces.
Un día, llegó un soldado llamado Juan. Estaba herido y cansado. Los aldeanos lo llevaron a la casa de María, una mujer amable. Allí, Juan descansó y se curó.
Mientras estaba en la aldea, Juan sentía algo raro. La nieve caía sin parar, y el viento soplaba fuerte. Cada noche, escuchaba voces. "Juan, Juan," susurraban.
Juan pensó que estaba perdiendo la razón. "¿Es la guerra o es el frío?" se preguntaba. María notó que Juan estaba triste y preocupado. Un día, le dijo: "Vamos a dar un paseo".
Salieron de la casa y caminaron por la nieve. La montaña era hermosa pero peligrosa. Entonces, Juan vio algo. "¡Mira, María!" exclamó. Era una figura de nieve, un muñeco extraño.
"Parece un soldado," dijo María. "Tal vez es tu amigo." Juan se rió. "Sí, un amigo de nieve." Entonces, algo en su mente cambió. Las voces desaparecieron, y se sintió más tranquilo.
Pasaron los días, y Juan recuperó fuerzas. Ayudó a los aldeanos con las tareas diarias. La guerra aún estaba lejos, y la aldea era su refugio.
Una mañana, cuando la nieve comenzó a derretirse, Juan decidió que era hora de partir. "Gracias, María", dijo. "Este lugar me salvó."
Los aldeanos se despidieron de Juan con abrazos. Mientras descendía la montaña, miró atrás una última vez. La aldea nevada había sido un lugar de paz en medio de la locura de la guerra.
Juan entendió que, a veces, la batalla más difícil no está afuera, sino dentro de uno mismo.