En una granja rural, en los años 1950, vivían dos familias. Una familia era la de María y la otra era la de Juan. Las dos familias trabajaban juntas en la tierra para sobrevivir después de la guerra civil española.
María era una joven de 18 años con cabello largo y negro. Le gustaba mucho trabajar en la granja y cuidar de los animales. Juan, de 20 años, era alto y fuerte. Le encantaba cultivar la tierra y recoger las verduras.
Un día, mientras María y Juan recogían manzanas, comenzaron a hablar.
—¿Te gusta trabajar aquí? —preguntó María.
—Sí, me gusta mucho —respondió Juan—. Pero a veces es difícil.
María sonrió. Ella sabía que la vida en la granja no era fácil, pero también sabía que era importante para sus familias.
A medida que pasaban los días, María y Juan se conocieron mejor. Jugaban con los animales y se ayudaban en el campo. Empezaron a sentir algo especial el uno por el otro.
Una noche, Juan decidió hablar con María.
—María, creo que estoy enamorado de ti —dijo Juan con nervios.
María se sonrojó y sonrió.
—Yo también estoy enamorada de ti, Juan —respondió ella.
Sabían que sus familias contaban con ellos para ayudar en la granja. Decidieron que trabajarían aún más duro para que sus familias estuvieran felices.
Los días eran largos y el trabajo era pesado, pero María y Juan estaban felices porque estaban juntos. Plantaban semillas, regaban las plantas y cuidaban de los animales. Cada día era un sacrificio por el amor de sus familias y su amor mutuo.
Una tarde, al final del verano, se sentaron juntos bajo un árbol.
—¿Crees que algún día podremos casarnos? —preguntó María.
—Sí, lo creo —dijo Juan—. Si seguimos trabajando juntos, lo lograremos.
Con el tiempo, aprendieron que el amor y el sacrificio eran la clave para superar las dificultades. Sabían que sus familias y su amor eran lo más importante en sus vidas. Y así, continuaron trabajando duro, día tras día, felices de estar juntos en la granja.