Había una vez, durante la Primera Guerra Mundial, un pequeño oasis en medio del desierto. Este oasis era un lugar especial, lleno de palmeras y con un pequeño lago de agua dulce. Allí, dos soldados se encontraron por casualidad.
El primer soldado se llamaba Ahmed. Era un joven soldado del ejército otomano. Ahmed había estado en una misión, pero se perdió en el desierto. Con mucha sed y cansancio, Ahmed llegó al oasis buscando descanso.
El segundo soldado se llamaba Tom. Era un soldado británico. Tom también se había perdido después de un ataque y, como Ahmed, llegó al oasis buscando agua y refugio.
Al principio, ambos soldados se miraron con desconfianza. Estaban en lados opuestos de la guerra y no sabían si podían confiar el uno en el otro.
—Hola —dijo Ahmed con cautela.
—Hola —respondió Tom, también con reserva.
Los dos sabían algunas palabras en el idioma del otro, lo suficiente para entenderse. Ahmed le ofreció a Tom un poco de dátiles que había encontrado en el suelo del oasis.
—Gracias —dijo Tom, aceptando el gesto amable.
Pasaron los primeros minutos en silencio, comiendo y bebiendo agua del lago. Luego, Tom rompió el silencio.
—¿Por qué estamos peleando? —preguntó Tom, mirando a Ahmed.
Ahmed pensó por un momento y luego respondió: —No lo sé. No quiero pelear. Solo quiero volver a casa.
Tom asintió. —Yo también. Extraño a mi familia. Mi hermana me escribió una carta antes de venir aquí.
Entonces, los dos comenzaron a hablar sobre sus familias y sus vidas antes de la guerra. A pesar de ser de diferentes países, descubrieron que tenían muchas cosas en común. Les gustaba la música, el fútbol y ambos querían ser maestros después de la guerra.
Con el tiempo, Ahmed y Tom formaron una hermosa amistad en aquel oasis. Se ayudaban mutuamente y compartían lo que tenían. La guerra continuaba a su alrededor, pero en ese pequeño rincón del mundo, había paz.
Un día, llegó el momento de partir. Ambos soldados tenían que regresar a sus ejércitos. Se despidieron con un fuerte abrazo, prometiendo que, cuando la guerra terminara, se encontrarían de nuevo.
—Adiós, amigo —dijo Ahmed, sonriendo.
—Adiós, amigo —respondió Tom, con lágrimas en los ojos.
A pesar de la guerra y las diferencias, Ahmed y Tom demostraron que la amistad puede florecer en cualquier lugar, incluso en medio de la arena del desierto.