En la ciudad costera de Bahía Azul, el bazar era un lugar lleno de colores y sonidos. Había puestos de especias, telas de otros países y joyas de todos los rincones del mundo. Cada día, el bazar estaba lleno de gente. El aire olía a especias y mar.
Un día, Tomás, un vendedor de especias, vio a un hombre diferente. Llevaba un sombrero grande que cubría su rostro. Se acercó lentamente al puesto de Tomás.
—Hola, amigo —dijo el hombre con una voz suave—. Tengo una oferta para ti.
Tomás se inclinó hacia adelante, curioso. El hombre sacó una caja pequeña de su bolsillo.
—¿Qué es esto? —preguntó Tomás, sorprendido.
—Es una caja mágica —respondió el hombre—. Si la usas, puedes saber los secretos de las personas.
Tomás dudó. ¿Por qué querría saber los secretos de otros? El hombre misterioso sonrió.
—Solo piensa en lo que podrías hacer con esta información —dijo el hombre—. La caja puede ser tuya por un precio pequeño.
Tomás pensó en todas las cosas que podría descubrir. Pero también pensó en lo que era correcto. ¿Podía usar algo así sin lastimar a nadie?
El hombre misterioso parecía leer los pensamientos de Tomás.
—No te preocupes —dijo el hombre—. La naturaleza humana es curiosa. Es normal querer saber más.
Tomás miró la caja. Tenía una decisión difícil. Podía seguir siendo un vendedor honesto o cambiar su vida con esta oferta.
Después de un momento de silencio, Tomás devolvió la caja al hombre.
—Gracias, pero no —dijo Tomás—. Prefiero seguir vendiendo mis especias y dormir tranquilo por la noche.
El hombre se encogió de hombros.
—Como quieras —dijo el hombre, desapareciendo entre la multitud.
Tomás vio al hombre irse y sintió una paz interior. Sabía que había hecho lo correcto. En el bullicio del mercado, Tomás había descubierto más sobre su propia naturaleza humana.