En una tranquila ciudad, había un cementerio antiguo. Las lápidas eran viejas y cubiertas de musgo. Era una noche de verano, y la luna brillaba en el cielo.
En el cementerio vivía un fantasma llamado Pablo. Pablo siempre estaba enojado. Solía caminar por las tumbas durante la noche, murmurando sobre su vida pasada.
Una noche, Pablo escuchó un ruido extraño. Se giró y vio a otro fantasma. Era un fantasma amable llamado Mateo. Mateo sonrió y dijo, "Hola, Pablo. ¿Qué haces aquí solo?"
Pablo suspiró y respondió, "Estoy enojado. No puedo olvidar lo que pasó en mi vida."
Mateo se sentó en una tumba cercana y dijo, "¿Por qué no intentas perdonar? La vida es corta, incluso para nosotros, los fantasmas."
Pablo se sorprendió. "Perdonar? Pero, ¿cómo?" preguntó.
La luna brillaba intensamente, iluminando el rostro de Mateo. "Piensa en lo bueno que tienes ahora," dijo Mateo. "Tienes la luna, el silencio de la noche, y nuevos amigos como yo."
Pablo miró alrededor. De repente, el cementerio se veía diferente. La luz de la luna hacía que todo fuera mágico.
"Quizás tienes razón," dijo Pablo suavemente. "Quizás es hora de olvidar el pasado y encontrar la paz."
Esa noche, bajo la luz de la luna, Pablo empezó a perdonar. Sentía que un peso se levantaba de su corazón.
Con el tiempo, Pablo se convirtió en un anfitrión amable para los nuevos fantasmas que llegaban al cementerio. Ya no estaba enojado. Bajo la luz de la luna, encontró la paz.