Era una noche oscura y silenciosa. La oficina estaba vacía, excepto por Juan, un empleado que tenía que terminar un informe importante. Juan estaba solo frente a su computadora. Las luces de la oficina parpadeaban de vez en cuando. Hacía frío y no había nadie más en el edificio.
De repente, Juan escuchó un ruido extraño. Miró alrededor, pero no vio nada. Pensó que era su imaginación y siguió trabajando. Pero entonces, sintió que alguien lo observaba. Miró a la esquina de la habitación y vio una sombra. La sombra no se movía, pero parecía observarlo.
—¿Quién está ahí? —preguntó Juan con voz temblorosa.
Nadie respondió. La sombra permanecía inmóvil. Juan, tratando de ser valiente, se levantó y caminó hacia la sombra. Pero cuando llegó al lugar, no había nada. Solo era una pared vacía. Regresó a su escritorio, sintiéndose confundido.
Unos minutos después, Juan escuchó un susurro. Era una voz suave, casi un gemido.
—Perdón... perdón... —decía la voz.
Juan sintió un escalofrío. Había algo extraño en esa oficina. Algo que no podía ver pero que estaba ahí con él. La voz continuaba, pero Juan no podía entender lo que decía.
—¿Qué quieres? —preguntó, tratando de sonar tranquilo.
La sombra apareció de nuevo, y esta vez estaba más cerca. Juan se dio cuenta de que la sombra tenía la forma de una persona. Una figura alta y delgada. La figura levantó una mano, como si pidiera ayuda.
—Perdón... perdón... —repetía la sombra.
Juan sintió pena. Tal vez esta sombra necesitaba algo. Tal vez no era peligrosa. Suspiró y dijo:
—Está bien. Te perdono. No sé qué hiciste, pero estás perdonado.
La sombra se detuvo. Por un momento, la oficina se sintió más cálida. La figura lentamente desapareció, y con ella, el frío. Juan se sintió aliviado. Había hecho lo correcto.
Esa noche, Juan terminó su trabajo y se fue a casa. Nunca volvió a ver a la sombra, pero siempre recordó esa extraña noche en la oficina.