En una aldea de la Edad de Bronce, vivía un anciano llamado Tarek. Tarek era conocido en la aldea por sus historias sobre tiempos pasados. Cada mañana, Tarek caminaba por la orilla del río. Le gustaba escuchar el sonido del agua; le traía recuerdos de su juventud.
Un día, mientras paseaba, Tarek vio a un grupo de niños jugando junto al río. Tarek sonrió al verlos divertirse. Los niños lo notaron y corrieron hacia él.
—¡Tarek! ¡Cuéntanos una de tus historias! —pidió un niño llamado Luka.
Tarek se rió y dijo: —Muy bien, niños. Hoy os contaré sobre una época en la que los pescadores traían grandes peces del río.
Los ojos de los niños se agrandaron de emoción. Se sentaron alrededor de Tarek, ansiosos por escuchar más.
Tarek comenzó su historia: —Hace muchos años, el río era todavía más grande y tenía muchos peces. Había un pescador llamado Elian. Era el mejor de todos. Cada mañana, Elian iba al río con su red.
—¿Y qué pasó con Elian? —preguntó una niña llamada Maya.
Tarek continuó: —Elian tenía un amigo, Efra, que siempre lo acompañaba. Un día, Efra se fue de la aldea. Elian se sintió triste y solo, pero el río siempre le recordaba a su amigo. Cada vez que pescaba, pensaba en Efra.
—¿Elian y Efra se volvieron a ver? —preguntó Luka curioso.
—Sí, después de muchos años, Efra regresó a la aldea. Elian ya era anciano, pero cuando vio a Efra, fue como si el tiempo no hubiera pasado. Los dos amigos caminaron juntos por la orilla del río, recordando viejas historias —concluyó Tarek.
Los niños aplaudieron, encantados con la historia. Tarek se levantó y miró el río, perdido en sus recuerdos. El sonido del agua le llenó de nostalgia, recordándole sus propios días de juventud.
—Gracias, Tarek, por la historia —dijo Maya.
—Gracias a vosotros por escucharla —respondió Tarek con una sonrisa.
Esa tarde, mientras el sol se ocultaba, Tarek regresó a su casa, pensando en el río y en los recuerdos que siempre traía consigo.