En un futuro no muy lejano, las ciudades son diferentes. Hay edificios altos, coches que vuelan y robots ayudando a las personas. En esta ciudad vive un niño llamado Lucas. Tiene diez años y le encanta explorar.
Un día, Lucas va al parque con su amigo Max. Mientras juegan, Lucas ve algo brillante en el suelo. Se acerca y encuentra un reloj viejo. Lucas lo recoge y se lo muestra a Max.
—Mira, Max, ¡un reloj! —dice Lucas emocionado.
Max mira el reloj y dice: —Es bonito, pero parece muy antiguo.
—Vamos a ver si funciona —dice Lucas mientras se pone el reloj en la muñeca.
De repente, algo mágico sucede. Todo alrededor se congela. Los pájaros no vuelan, las personas no se mueven. Lucas y Max miran alrededor, sorprendidos.
—¿Qué pasó? —pregunta Max nervioso.
—No lo sé. Creo que el reloj es mágico —responde Lucas.
Lucas toca el reloj y el tiempo vuelve a moverse. Los pájaros vuelan otra vez y las personas caminan como antes.
Lucas y Max están emocionados. Deciden usar el reloj para más aventuras. Van al museo y miran los dinosaurios. Lucas toca el reloj y, de repente, están en el pasado, rodeados de dinosaurios reales.
—¡Increíble! —exclama Max, mirando un dinosaurio gigante.
Después de unos minutos, Lucas toca el reloj otra vez y vuelven al presente, en el museo.
Lucas y Max pasan el día jugando con el reloj. Descubren que pueden ir al futuro, al pasado, o congelar el tiempo.
Al final del día, Lucas mira el reloj y se siente feliz de tener una herramienta tan poderosa. Pero también entiende que debe ser responsable.
—Este reloj es un gran poder, Max. Debemos usarlo con cuidado —dice Lucas.
Max asiente. —Sí, tenemos que ser responsables.
Y así, Lucas y Max cuidan del reloj mágico, listos para vivir muchas más aventuras juntos en el tiempo.