En un reino antiguo, había un castillo viejo. El castillo estaba en la cima de una montaña y tenía muchas torres. La gente del reino decía que el castillo era mágico y peligroso.
Un día, un joven llamado Tomás llegó al castillo. Tomás era curioso y valiente. Quería saber por qué el castillo era tan misterioso. Entró en el castillo y comenzó a explorar.
El castillo era oscuro y frío. Las paredes estaban llenas de telarañas y el viento hacía un sonido extraño. Mientras caminaba por los pasillos, Tomás escuchó un eco. El eco decía "ven, ven, descubre el secreto".
Tomás siguió el eco. Bajó por unas escaleras muy largas hasta llegar a un calabozo. El calabozo estaba lleno de puertas. Cada puerta tenía un símbolo diferente. Tomás eligió una puerta con un símbolo de luna y la abrió.
Detrás de la puerta, había una habitación vacía. Pero en el centro de la habitación, había un pequeño cofre. Tomás se acercó al cofre y lo abrió. Dentro del cofre, había un espejo. Era un espejo antiguo y estaba cubierto de polvo.
Tomás limpió el espejo y miró su reflejo. Pero su reflejo no era normal. En el espejo, Tomás vio un reino en ruinas. El cielo era oscuro y había fuego por todas partes. La gente en el espejo gritaba y corría. Tomás sintió miedo y dejó caer el espejo.
En ese momento, el eco volvió a sonar. Esta vez decía: "La locura está en ti". Tomás sintió que el castillo lo estaba atrapando. Corrió de vuelta por los pasillos y subió las escaleras.
Cuando salió del castillo, Tomás respiró aliviado. Pero algo había cambiado en él. Se dio cuenta de que el eco del castillo seguía en su mente. La locura del castillo lo había alcanzado.
Tomás decidió que nunca volvería al castillo. Pero sabía que su vida nunca sería igual. El eco del castillo siempre estaría con él, recordándole el secreto oscuro que había descubierto.