En un castillo medieval, bajo un cielo nublado, vivía un joven escudero llamado Tomás. Él trabajaba para el noble caballero Don Fernando. El castillo estaba rodeado por un gran muro de piedra y torres altas.
Una mañana, Tomás escuchó un fuerte ruido. Era un ejército enemigo que venía a atacar el castillo. Tomás sintió miedo. No sabía qué hacer. ¿Cómo podía proteger el castillo?
Don Fernando llamó a Tomás y le dijo: "Tomás, es momento de ser valiente. Tú puedes ayudarnos a defender el castillo".
Tomás respondió: "Sí, señor, pero...". Tenía miedo a lo desconocido, a lo que podía pasar en un asedio. ¿Y si los enemigos entraban al castillo? ¿Qué pasaría entonces?
Don Fernando le sonrió y dijo: "Recuerda, Tomás, el eco del castillo te protegerá. Usa tus oídos, escucha el eco de los muros y sabrás qué hacer".
Tomás no entendió bien, pero confió en su caballero. Se paró en lo alto de la muralla, desde donde podía ver el campo de batalla.
El enemigo empezó a atacar, lanzando piedras y flechas. Tomás escuchó el eco de cada piedra y cada flecha. El sonido rebotaba en los muros del castillo, creando un eco fuerte y claro.
De repente, Tomás recordó las palabras de Don Fernando. El eco le daba información sobre los enemigos. Entonces, gritó a los defensores del castillo: "¡A la izquierda! ¡Cuidado con las flechas!".
Gracias al eco, Tomás pudo guiar a los defensores. Los enemigos estaban confundidos y, finalmente, decidieron retirarse.
Cuando terminó el asedio, Don Fernando felicitó a Tomás. "Has sido muy valiente, has escuchado el eco".
Tomás sonrió, ya no tenía miedo a lo desconocido. Había descubierto su valor.